Por: Víctor Manuel Dominguez.*
Centro Habana, La Habana, 11 de noviembre de 2010, (PD) La muerte de un hombre bueno siempre señala el camino hacia el cementerio. Y la del malo también. Eso, si no desaparecen en combate, naufraga en el medio del mar en una balsa o sucumben entre las llamas de un frigorífico. Pero la muerte de un inconforme con todo lo mal hecho, de un rebelde con causa, un revoltoso de estación de trenes y de ómnibus, en fin, de un revolucionario a carta cabal, es menos llevadera, más cruenta, cuando el deceso es producto de una artera obstrucción intestinal.
El fallecimiento de Telesforo Miniet, alias “Chicho Bola”, dejó un profundo vacío no sólo en nuestras almas, sino también en la cocina de su viuda Eufrasia de la Caridad Cuesta, quien a brazo partido y ojos amoratados, sacó adelante un “martirinomio” de 25 años, premiado con el dulce desastre de dos hijos pendencieros acogidos al buen vivir, dentro de la cárcel, gracias a la Revolución.
“Chicho Bola”, sobreponiéndose al golpe sufrido cuando le intervinieron el Café-Lupanar “Los aires de bollo manso”, se montó al carro de la revolución y fue un ejemplo digno de imitar en cuanta tarea o responsabilidad asumiera hasta el día antes del ajiaco mortal que nos lo arrancó.
Crítico profundo de la falta de cubos y de sogas para bajar al pozo que abría en su afán de sustituir una letrina desbordada en el centro de elaboración donde trabajaba, Chicho jamás claudicó ante quienes le exigían silencio y compostura. Ni las críticas porque dormía la siesta en su casa, ni las acusaciones de desacato por decir “ese calvo” a un dirigente municipal, frenaron su valor temerario.
Era tanto su arrojo, su alma justiciera de Robin Hood con hipo, que sin mirar para ningún lado en medio de la humareda que producía la leña en el comedor, se atrevió a decir al oído de Medelia “La Sorda, secretaria del núcleo del Partido: “El transporte es un desastre y el salario una ilusión para masoquistas”.
Pero nuestro panegírico a quien ganara un título de Vanguardia Nacional por su desempeño en una alta cocina ubicada en la cima de la Loma del Gato, no está dirigido sólo a recordar los grandes méritos de quien en más de una ocasión se atrevió a decir que el almuerzo era un salcocho. También deseamos que sirva de justo reconocimiento al grado de tolerancia y respeto a la opinión adversa mostrado por las autoridades revolucionarias ante uno de sus más enconados y peligrosos críticos.
Es tan magnánima la obra, tan certero el camino y tan segura la fuerza de la obra de la revolución, que alcanzan y sobran los dedos de una mano para señalar las veces que se llamó a capítulo al compañero Chicho por el lenguaje subversivo de algunas de sus expresiones.
Pero la trayectoria cuenta, la entrega acredita, y siempre que alguien va más allá de lo correcto se le permite una rectificación, un en donde digo dije, dije Diego, y otros actos defensivos que lo pueden exonerar de ir a la cárcel.
Jamás olvidaré la tarde que se paró en medio de una asamblea de producción y servicios, y sin más acá ni más allá, le dijo al secretario general del sindicato que todo lo dicho era mentira, pues el suministro de panes desechados del hotel turístico para los trabajadores de la construcción no era estable.
Como si fuera poco, y en medio del terror de los asistentes, expresó que los materiales jamás estaban a pie de obra y se les podía encontrar frente a las viviendas o en el patio de las amantes de algunos dirigentes.
Aunque a decir verdad, donde la mula tumbó a Genaro fue cuando dijo en medio de la estampida de sus compañeros de trabajo: “La fecha de entrega de la nueva cocina es una utopía, pues jamás podrá coincidir con la efemérides del combate de La Mala Hoja, ya que la mala hierba que crece aquí confunde la mezcla con el pasto”.
Muchos compañeros de labor y algunos detractores de la libertad de expresión en Cuba pensaron que lo fusilaban, otros que sería encarcelado sin juicio, y varios, que sería expulsado del centro de trabajo. Pero nada. El respeto a la opinión crítica no está divorciado de nuestro proyecto, y a Chicho sólo se le condenó a no participar jamás en una asamblea, renunciar al sindicato, entregar el carné del partido y olvidarse de la jaba de estímulo.
Además, fue sancionado a perder la mitad de su salario, y a esperar la jubilación cazando gorriones en el patio de la empresa, bajo la supervisión inmediata del ideológico del partido y el organizador del sindicato.
Este acto de tolerancia y respeto a la libertad de expresión mostrado por los dirigentes y administrativos del centro laboral de Chicho, lo hizo reconocer su desvío ideológico, su perversión clasista y la deuda de rencor que arrastraba desde que se le quitó el Café-Lupanar “Los aires de bollo manso”.
Por su comprensible actitud ante las leves sanciones impuestas a su desempeño subversivo, que puso en peligro la seguridad de la nación y la independencia territorial del país, amén de su arrepentimiento, se le premió con un reloj despertador y una bicicleta china por sus más de cuarenta años de trabajo.
Y hoy lo ven ahí, en ese féretro de pinotea con comején, homenajeado por sus colegas de trabajo, en su viaje póstumo a la dignidad. No como víctima de la intolerancia de su gobierno, sino por causa del halo subversivo de ñames importados, de la traidora acritud de una yuca lucia, y de la fatal sedición de una carne tan vieja donada por Noé a los damnificados del huracán Esperanza.
Entonces, ante los restos de Chicho, y en homenaje a su memoria, les pido que respondan: ¿Existe o no existe en Cuba la libertad de expresión?
Eso se los pregunto yo, Nefasto “El orador”
*Periodista independiente. Reside en Centro Habana. Cuba. Colabora para Primavera digital.