“El suelo de adentro”
Cuento.
Por: Carlos Victoria O.
Varias noches se han sucedido sin motivo sobre la rígida superficie de la tierra.
Acampados en un lugar desierto, apenas interrumpido por pequeños árboles cuya estatura no alcanzan a la séptima parte del aire inmediato a nosotros, descansamos humanamente después del día agobiador. La noche se apaga en las profundas constelaciones, dando paso a la pequeña luz de las estrellas. Mis manos están sobre la antigua hierba, y respiran su humedad casi virgen.
Duermo, creo. Siento mis pies también, allá, en el final del cuerpo, como extranjeros en un vasto continente. Los excluyo de cualquier razonamiento posible, aunque sería espantoso andar sobre muñones toda una vida. Luego son necesarios.
(Hablo conmigo mismo)
Esta es la quinta noche que pasamos fuera de la casa. Parece como si hubieran pasado los años desde que empezamos el viaje, dijo ayer el viejo que le faltan los ojos, el amigo de Aldo. Es cierto, me repito en voz baja, y siento las cuencas vacías del viejo sobre mis pies, como en un mutuo reconocimiento. No estoy durmiendo ahora. Pienso en todos los que me rodean, poco a poco, con lentitud, en un análisis de lluvia, un interrogatorio que no conduce a nada, y apenas si intento evadirme de la cerca de alambres que me tiende el pensamiento.
Me llaman
- Carlos
Mi nombre. (Mi nombre, que extraño suena eso)
- Carlos – dice otra vez, en la oscuridad, el vacío.
Me están llamando ahora, pienso. Necesito decir algo.
- Dime, Aldo –digo, reconociendo la voz - ¿Qué quieres?
Ven. Es algo importante.
Mis pies, necesito mis pies, ahora ya no estarán más lejos. Son parte de mí mismo, y me levanto, un poco húmedo, un poco lleno de la noche, de sueños, de cansancio.
Aldo me espera con el rostro lleno de noche, igual que yo.
- ¿Qué quieres, Aldo?
Es más alto que yo. Tiene las botas lustradas siempre, y los ojos azules siempre, aunque esta noche no les puedo ver el color.
- He descubierto algo.
- Vaya – digo (me intereso) – vaya.
- Es el viejo. El viejo que conocí en el pueblo.
- Bien, bien. ¿Qué pasa con el viejo?
– Margarita lo vio esta noche. Sacaba tierra con una vara, un poco lejos del campamento. Ella fue a orinar al pasto, porque las letrinas le dan nauseas, y fue entonces cuando lo vio.
Respiré con ruido, un ruido casi de alivio, de soltar el peso.
–Pero eso no es motivo de alarma – le dije yo, suavemente, tratando de buscar un pretexto para irme a pensar en mis pies de nuevo, casi dormido.
–Sí, ya lo sé. Pero no es todo. Margarita dice que hizo dos bolas de tierra con las manos y que al soplarlas, se convirtieron en sus ojos, y se los puso dentro de las cuencas, ¿comprendes? ¿Comprendes lo que significa?
Entonces sí que vi, por primera vez en aquella noche, los ojos azules de Aldo. Brillaban como fuegos marinos en su joven rostro.
– ¿Por qué dices todo esto? – le pregunté, mientras me frotaba las manos contra los pantalones para quitarme la humedad - ¿Qué puedo hacer frente a un caso semejante?
–Mucho, mucho – dijo Aldo, casi sonriéndome, y a mí me pareció monstruoso.
¿Si logramos descubrir el secreto del viejo, y su potestad para trasformar las cosas no tendríamos en nuestras manos todo lo que quisiéramos? Esta es la oportunidad que cada hombre sueña, anhela, por la que vive cada minuto del tiempo que le fue marcado.
–No sé, no sé – no resistía mas mi cerebro, el cerebro de Aldo ahora – pero no entiendo por qué yo por qué me ocurría a mí, si soy el más inútil de todos.
–Me he dado cuenta de que eres lo que más le agradas – me estremecí ante tal idea, desde que llegamos te (ilegible) no sé cómo explicarme, es algo que se presiente y no puede definirse, solo es, y ya está.
–Pero es que no estoy dispuesto a mezclarme en este asunto.
– ¡Oh, no! – me dijo, casi con burla, como si yo fuera muy niño, y tuviera la boca sucia de chocolate y besos - ¡No puedes hacerme eso! Vas a ayudarme, es fácil. Te prometo que va a ser fácil.
Me resisto.
–Puedes buscar otro. Entre los que estamos acampados aquí – (y eché un vistazo a la larga hilera de sábanas blancas sobre la tierra) – estoy seguro que tiene que haber alguien que le interesen tus propósitos.
– ¡Es que eres el único ¡ Te aseguro que el viejo solo accedería contigo, o conmigo tal vez, pero con tu ayuda.
–Margarita, quizás……
–No, no, Margarita no . Las mujeres no cuentan. Ellas solo disfrutan de los resultados , las malditas, pero no sirven para esto.
–¡Pero el viejo no ve! –estaba agotando mis recursos – y en caso de que esta noche tuviera los ojos, no puede reconocerme , pues jamás me ha visto antes.
–El viejo no ve , pero oye – me dijo Aldo, y sus ojos azules no brillaban ya – y es tu voz la que necesito.
Accedía.
–Está bien . Dime lo que tengo que hacer, pero lo hare en contra de mi voluntad.
La noche, árbol oscuro e infinito sobre el mundo, giraba velozmente a mi alrededor. Aldo puso una mano sobre mi hombro, y a través de la tela sentí la misma humedad que tenía la mía, cuando estaba quieta sobre la hierba.
–No te pesará te lo juro.
Empezamos a caminar con lentitud, sorteando los cuerpos de los que dormían.
Me encontraba en una de esas situaciones en que se actúa por inercia, como un móvil en el vacío.
–Escucha – me dijo, deteniéndose cerca del carro de Margarita que estaba iluminado a esa hora – solo tendrás que llegarte hasta donde duerme el viejo, y le alumbrarás el rostro con el farol. Cuando él despierte y veas sus ojos por primera vez, le preguntaras como sucedió el milagro. Trata de sacarle todo lo que puedas, lo que consideres necesario, y ven y dímelo. Yo te llevaré ahora hasta su lugar de reposo.
Larga aventura, la del ser humano. Cuerpo sacado del cuerpo, hasta la materia sin límites. Cuerpo creado y creador, sustituido a cada paso por el más fuerte. Pero los árboles son pequeños aquí, y esto me inquieta. Los arboles deben tener la misma estatura que los hombres. Por lo tanto, deben ser altos. Pero esto también es un oficio.
–Llegamos – me dijo Aldo, en un susurro, yo sentí su aliento en mi oreja desnuda – es ese que duerme allí, junto al tronco cortado. Toma – y me entregó el farol, con su luz amarilla – y recuerda que te espero en donde duerme Margarita.
Asiento, con cansancio, temor quizás, la noche se ha apoderado de nuevo de mi carne. Estoy solo, y mis pies sobre la antigua tierra. Mis deseados y aborrecibles pies. Avanzo hasta el que duerme, ilumino su rostro (es en efecto, el viejo que ayer me dijo que parecían años los días), y se incorpora a medias lleno de agitación. Sus cuencas están vacías, como la primera vez que lo conocí, ha sentido la luz. Hay una esperanza todavía.
– ¿Qué pasa, viejo? – pregunto - ¿Qué pasa?
– ¿Qué quieres? – me dice, revolviéndose en la hierba.
– ¿Dónde están sus ojos? ¿Qué ha sido de sus ojos?
–yo no tengo ojos, me dice, quieto ya.
– ¿y cómo has visto la luz? ¿Cómo se despertó? – y le acerco el farol casi hasta las cejas con un poco de furia, no sé por qué.
–No veo la luz. Me despertó el ruido. ¿Qué quieres de mí?
–Miente. Lo vi esta noche, más allá del lindero, soplando la tierra que había sacado con la vara. Después, fueron sus ojos los que vi, yo estaba cerca. Se los metió en los ojos.
Cara de viejo asombrado, con los labios largos y las cuencas vacías. La luz amarillenta del farol le hacía tomar el aspecto de un ser que hubiera vivido miles de años.
–No puede ser- pero lo tenía atrapado, ya sabía yo que todo era verdad, Margarita no había orinado esa noche en vano. De pronto me invadió esa misma sensación de poder de la que me habló Aldo, de conquistador, de hombre que ha llegado a la meta.
–Hable – le dije con una seguridad increíble – estoy aquí solo para escuchar.
–Estás loco – me contestó el anciano ciego – no puedo ser yo a quien has visto. Eso se terminó para siempre, hace muchos años. El suelo de adentro me devoró los ojos.
Mis pies, mis pies. Mis pies están lejos de mí.
–No entiendo - y moví la cabeza – no entiendo.
–Te explicaré – dijo, y baje el farol que tenía cerca del rosto, lo puse junto al tronco cortado, sobre la tierra, como si nunca más fuera a hacer uso de el, como si la luz ya no me fuera necesaria – Hace muchos años supe que la tierra daba felicidad, a cambio de los ojos. Ella los necesitaba de día, para mirar el sol, y por la noche volvía a devolverlos, hasta el alba. Entonces la felicidad comenzaba para el ciego. De modo que pensé: ¿Qué importa un pequeño sacrificio si al fin hallaré lo que mi alma necesita? Por lo tanto, decidí sacarme los ojos y entregárselos a la tierra. Los enterré bajo la hierba fresca, como lo había leído.
Todas las noches cavaba con la vara, en cualquier sitio donde hubiera hierba verde, y de la tierra de abajo amasaba dos bolas con las manos, las soplaba, y ya tenía mis ojos de nuevo. Claro, nunca olvidé enterrarlos de nuevo antes de que amaneciera. Soplé hasta agotarme, pero la tierra seguía igual, tierra negra, humedad, pegajosa al tacto, y entonces supe que hay otro suelo más adentro, donde van nuestros huesos cuando morimos, que le roba muchas veces los ojos a la tierra, y no se los devuelve jamás y así fue como mis cuencas se quedaron definitivamente huecas y mi alma volvió a su antigua angustia. El suelo de adentro me quitó la paz. Esto sucedió hace muchos años, cuando era joven todavía, y me daban ganas de vivir a veces. Por eso no puedes haberme visto esta noche hiriendo con mi vara la tierra como dices.
El silencio lo cubrió de pronto todo – hubiera jurado que hasta el planeta había dejado de girar en su órbita por unos instantes.
Le deje el farol al viejo junto al tronco, y me eche a andar hacia el carro de Margarita, donde ella y Aldo estarían esperándome. Los pies me pesaban sobre la tierra. “Si pudiera cortármelos, - pensé- si pudiera enterrar mis pies en la tierra, y dejarlos allí, para siempre, a cambio de una felicidad temporal, aunque luego el suelo de adentro me los devorara y yo volviera a ser desgraciado. Pero la tierra necesita los ojos”, y al pasar esto, alcé la cabeza, y vi como el alba comenzaba ya por el horizonte, su cuerpo rojizo y blanco. “Quiero ver y vivir – me dije en voz alta – quiero ver y vivir”.
Era bello, estar acampado allí, en aquel lugar desierto. Pero yo quería regresar al hogar de nuevo, a pesar de que solo era el sexto día.
Aldo me esperaba junto a la puerta junto a la puerta del carro, pero Margarita no estaba con él. Ella no había ido a orinar aquella noche, ni había visto el hombre que soplaba las bolas de tierra.
–Tengo muchas cosas que decirte – le grité, mientras caminaba hacia él, con las manos metidas en los bolsillos, porque sentía el frio desde el amanecer.
Pero él permanecía quieto, con sus botas lustradas, aunque con una incontenible sonrisa que iluminaba su rostro, y busqué sus ojos azules, para contemplar el antiguo brillo que conocía tan bien.
Pero las cuencas de sus ojos estaban vacías.
Carlos Victoria O.
Diciembre - 1966
©Prohibida la reproducción parcial o total de este escrito.
Nota del Editor: Sobre el escritor Carlos Victoria, la columnista , Olga Connor escribió para el Miami Herald lo siguiente: “Apenas publicó nada en Cuba, donde perdió todo lo que tenía guardado en gavetas en una sola tarde, confiscado por la Seguridad del Estado, y luego, de nuevo, otra tarde en que lo quemó todo antes de salir al exilio.” En realidad solo quedó este cuento, “El suelo de adentro” un regalo que me hizo el autor a finales del 1966. En el año 1999 al llegar al Exilio le envié una copia a Carlos Victoria (no quería el original…, que aún conservo), sobre este cuento es referencia el artículo: "Los cuatro aspirantes a escritores de la Calle 11", que escribí y puse en la Red en ocasión de la muerte de Carlos Victoria. © Este cuento no puede ser publicado de forma total o parcial por cualquier otro medio.