Cada día sucedía sin que encontrara una explicación a tono con aquella inusitada situación.
Entonces había llegado a aquella ciudad que fue destino y consternación para estar a la espera de mejores momentos en aquel hospedaje conocido como, Hostal Escandón, en el centro de la ciudad, no muy lejos de allí lugar necesario y popular para ir a comer era o es el Restaurante Café Cantón, todo esto en Ciudad Victoria.
Unos días después de mi llegada, cuando se hizo visita imprescindible a este restaurante tanto para tomar el desayuno o en los horarios habituales de comida, es que encontraba allí aquella mujer llena de misterio, que al instante rozaba su mirada con la mía y la insistencia se hacía extrañeza.
Una mujer bella en los 40’s, de piel contrastante blanca, atendiendo a su vestido elegante, negro. Un pelo lacio y sus ojos de del mismo color, su mirada intensa y triste.
Siempre, se encontraba sentada en las mesas finales del restaurante, lugar donde también yo acostumbrada a sentarme. Cuando yo llegaba a aquel lugar tomaba asiento y adoptaba una actitud de dejadez, ella como una sombra alcanzaba a transformarse y su mirada una y otra vez se encontraba con la mía. Las miradas se buscaban…, había una sensación de relación y encanto marcada, más que nada, por la curiosidad mutua.
Mujer extraña, te conozco y no lo sabes…, recordé este verso quien sabe tomado de donde…, ella no me era ajena. Mujer extraña ahora que rosas tu mirada con la mía…., fue que un día me levanto de la mesa que ocupaba y después de haber pagado la cuenta voy hacia su mesa para presentarme a ella; yo desafiante y ella esquiva.
En un gesto había conquistado el territorio, amable y en control me presenté y fue entonces que aquella atractiva y extraña mujer que coincidía ajena a mí en el mismo lugar, tenía nombre: Patricia. Ese día no se presentaron más palabras, el breve tiempo concluyó dejando una sensación de encantamiento e irresolución difícil de superar.
Otra vez allí vestida de negro, mirada perdida por momentos, degustando su almuerzo con frugal encanto. Llego hasta su mesa…, hoy no quiero ser parte del juego de miradas. Le pido permiso para compartir la mesa y se inicia una conversación que más que agradable resulta un duelo de palabras. No hay conqueteos ni cordialidad alguna, hay eso sí, preguntas incisivas y respuestas parcas.

Preguntas generales que me guardo de darle repuestas ciertas, ella lo sabe. Me dice que es maestra, vive sola porque su esposo fue a los Estados Unidos en busca de trabajo y nada sabe de él. Tiene hijos que no especifica bien y termina explicando que viene al restaurante con frecuencia. Difícil entender una mujer sola, madre, maestra, participante de todos los horarios de un restaurante que si bien no es un lugar especial, si es un servicio que no estaba al alcance de ella. Sabe que estoy inquiriendo en cada pregunta rápida. Entiendo que no hay interés alguno de su parte en una relación que se hace ausente. La conversación es una toma y daca que violenta las buenas maneras. Pago la cuenta de ambos y me retiro.
Podía saber con certeza que allí estaba, fue así que unos días después, cuando estaba por terminar aquel aciago mes de abril en Ciudad Victoria, Tamaulipas, a la espera de un permiso de trabajo que estaba gestionándose. Otra vez…ella estaba en aquel lugar que se nos hizo encuentro.
No esperé gesto alguno, ni mirada ociosa. Fui a la mesa donde ya ella terminaba su comida de la tarde..., estaba de buen humor así que fue fácil retomar el dialogo casi inconcluso que antes nos ocupó un tiempo de mentiras mutuas.
Esta vez me dice que trabajaba en el Palacio Municipal, que tienes tres hijas adolescentes. La miraba con regodeo y curiosidad que no superaba. Una mujer bella y enigmática; era o es hermosa aquella señora que me dijo ser oaxaqueña vino a bien a la región sur de Tamaulipas para casarse con un hombre que ahora estaba distante.
Había en mi curiosidad y enojo. Hace mucho tiempo que para mí la providencia no constituye categoría alguna. Las extrañas coincidencias de aquella mujer buscando con su mirada, su actitud inquisitoria y altanera conducta me mantenían a la defensiva y también preocupado. Fue así que ese día la invité a pasear por el Boulevard, aquella avenida amplia que corre a la par y en ambos lados del Rio Marcos que cruza la ciudad. Quedó pensativa y aceptó siempre que atendiera a sus hijas, para regresar a tiempo para la cita. Fue entonces que no tuve otra opción que darle los datos del lugar donde me hospedaba..., algo que no quería hacer.
Regresé al Hostal y esperé hasta que el sueño me venció. Nunca llegó, no hubo paseo. No fue superado el misterio. La noche si hizo una mujer desconocida, su ausencia la convirtió en una sombra.
Dejé Ciudad Victoria para instalarme en Reynosa, una ciudad en la frontera. Meses después cuando por razones de trabajo regresé una y otra vez a la ciudad a la que fue destino…, la misma que me aguardaba. La busqué en aquel lugar de encuentro, pero no estaba.
Aquella noche de finales de abril, Patricia, la extraña dama de negro protagonista de un relato inacabado desapareció, el recuerdo la ha convertido en una mujer desconocida. Hoy es distancia y duda, evocación y pena.
14 de septiembre de 2011©