La
Habana, 9 de agosto del 2012.- En un lugar de La Habana, de cuyo nombre no debo
acordarme, una pequeña ciudad -marginal y primitiva- se levanta entre la
naturaleza salvaje de un valle sin nombre (desconocido para el ciudadano
promedio), y late -con sus miedos y esperanzas-, en medio de la civilización,
como un insulto a la decencia y al respeto que todo ser humano tiene derecho a
disfrutar, como parte de los beneficios que debe garantizar un Estado
responsable.
Lo
dramático en esta historia, donde los muros de la miseria dolorosa terminan
cayendo ante el paso demoledor de las ganas de vivir, es el silencio que se
imponen los habitantes de esta ciudad, formada por múltiples asentamientos.
Ninguna
voz se puede levantar para denunciar las miserables condiciones de vida de
estos pobladores: la extrema insalubridad, por la falta de desagües para
residuales albañales; la falta de instalaciones eléctricas, y la ausencia de
puestos médicos, por sólo mencionar algunas de las más importantes.
Ninguna
estrategia humana, que no provenga de organizaciones internacionales bien
dispuestas, puede ayudarlos a romper las cadenas del aislamiento y la
ilegalidad; porque estos seres de carne y hueso, son grupos humanos de cuya
existencia el gobierno tiene conocimiento; sabe que han ido formando pequeñas
comunidades ilegales, y las tolera.
Una de
las causas de su política de tolerancia, está asociada con su incapacidad, y
falta de voluntad, para asumir los retos del crecimiento poblacional; por otra
parte, los miles de ciudadanos que integran estas tribus modernas no aparecen
en los índices de mortalidad infantil, prostitución, drogadicción, alcoholismo
y otras tantas de las desdichas engendradas por los fatalismos de las malas
políticas.
Del otro
lado de la tragedia, están los miles de hombres, mujeres, ancianos y niños que
prefieren ahogar, en sus pechos, el clamor de sus corazones llenos de sueños;
porque a pesar de tanta desigualdad e injusticia, la misma luz que alumbra a
los tiranos, calienta los inviernos e ilumina las muchas oscuridades de los
desposeídos, y mantiene encendida la esperanza, en las almas tocadas por la fe.
*Ernesto
Aquino Montes. Es periodista independiente y sus artículos de opinión aparecen
en Hablemos Press. Reside en Ciudad de
la Habana, Cuba.

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